Participaciones

CONCURSO DE RELATOS. UNIGRAMA-Curso 2016-2017.

Valoración estimada

TEMA: LIBRE

VALORACIÓN Título de la obra presentada Autor/a
1º Premio ÉRASE QUE SE ERA… JUAN PEDRO ZÚÑIGA GONZÁLEZ
2º Premio VIDA DE JUGUETE JOSEFINA SÁNCHEZ GARCÍA
3º Premio BARRANCO DEL SOL GLORIA REINOSO CEBALLOS

 

TEMA RECUERDOS DE INFANCIA

VALORACIÓN Título de la obra presentada Autor/a
1º Premio RETRATO DE MUJER, EN BLANCO Y NEGRO MARÍA CARMEN GARCÍA JIMÉNEZ
2º Premio EL ESTUCHE.DESTELLOS DE UNA INFANCIA FUGAZ JUAN FRANCISCO ACEÑA CABALLERO
3º Premio MI FAMILIA Y OTROS RECUERDOS MERCEDES PRIETO JAÉN

 

Propuesta unánime para el Concurso de Relatos del curso próximo, 2017-2018.

¡¡¡ ANIMAR A LA PARTICIPACIÓN DE TODOS LOS MAYORES, SOCIOS Y NO SOCIOS!!!

[A continuación, se transcriben los seis relatos anteriores]

Érase que se era…

… un salón con las paredes encaladas, amplio y cálido a la vez; el techo lo cubre un alfarje, también enjalbegado, del que cuelgan dos arañas y lo preside una chimenea de agradables proporciones. Dos cortinajes, estampados con motivos florales, ocultan sendos ventanales que lo inundan de luz y obligan a las arañas a pintar arcos iris en las paredes. Frente a la chimenea se encuentra una mesita baja rodeada de un tresillo tapizado a juego con la tela de las cortinas. De las paredes cuelgan diversos oleos con retratos de antepasados de la familia, acuarelas con paisajes de la zona y fotografías más recientes en blanco y negro. Un grande y bien labrado aparador con espejos biselados, una  mesa camilla, otra más grande rectangular y varias sillas, también tapizadas, componen el resto del mobiliario. En el centro de la campana de la chimenea un marco ovalado, con moldura de carey y dorados, contiene la fotografía en blanco y negro de los bustos, bien parecidos, de un hombre y una mujer; él con gesto adusto, ella con una dulce mirada, entre ambos, como flotando en una nube, la figura de una niña rubita de unos dos años, vestida de blanco y mostrando una feliz sonrisa infantil.

Más tarde supe que se trata de la señora, de niña, y sus padres.

Llevaba ya un tiempo en la casa cuando cierto día se presentó un hombre de la ciudad con un paquete no muy grande y gesticulando en demasía con afectados modales explicaba al señor el funcionamiento de una caja que al enchufarla a la corriente hacía sonar una música suave, serena, hermosa y se oía cercana la voz de un hombre que hablaba muy bien, distinto a como lo hacían las gentes del lugar. Algunas noches los señores y sus amistades se reunían alrededor del aparato y prestaban mucha atención a lo que decía; otras, las más, se juntaban entorno al fuego o junto a la fuente del patio, en verano, y leían libros, recitaban poemas o contaban largas historias de otros tiempos ya lejanos en la memoria, de otras personas que ya no estaban y de otros lugares remotos con costumbres muy extrañas. Yo, muy atento, siempre andaba pendiente a todo cuanto allí se hablaba y se leía, porque me gustan mucho las historias y los cuentos.

Recuerdo el día que estalló la República. Acudió todo el mundo para oír las noticias que se difundían por radio: el señor alcalde, el médico, el boticario, el señor cura párroco y muchas otras personas más a las que no conocía, el salón estaba lleno, vino hasta el Cabo Morales, jefe del puesto de la Guardia Civil, ya en la atardecida, para tranquilizar a los señores de que todo estaba en orden y no se habían producido altercados. Durante los primeros días, a la hora de los diarios hablados, se abría el ventanal que da a la calle principal y se le daba toda la voz al aparato para que los vecinos supieran lo que estaba ocurriendo.

Pasan los días por el ventanal. Miro y observo con atención el transitar de personas que vienen y van en sus trajines y quehaceres cotidianos, con sus pesares y sus tristezas; en ocasiones, muy raras, también se oyen risas. La carcajada no es cosa al uso. Son tiempos malos, muy malos, según me iba enterando, resulta que había una guerra que nadie entendía. En el pueblo no cayeron bombas ni se mataron las gentes unas a otras, pero por mi ventana veía, a través de los visillos, pasear por la calle, primero la escasez, luego el hambre y al poco la reina miseria plantó su real entre nosotros. Debo reconocer en honor a la verdad que a la casa no entró el hambre, pero la escasez se adueñó de ella; los estuve viendo pasear, calle arriba, calle abajo, durante muchísimo tiempo y luego me enteré que terminaron entrando en otras casas vecinas. Sobre esto le oí a la señora un dicho que me hizo cavilar bastante, más o menos viene a decir así: “La mejor salsa del mundo es el hambre, y como ésta no falta a los pobres, siempre comen con gusto”. Al parecer lo escribió un tal don Miguel en un libro suyo muy famoso de cuyo nombre no me acuerdo ahora. ¡Qué gran verdad es ésta señora, cuánta razón tenía este hombre y más en estos tiempos!

Una noche, a la hora del parte, la radio dijo que la guerra había terminado y un suspiro liberador brotó de todos los pechos.

Poco a poco la casa iba recobrando su vivir de antaño: manijero, aperador, gañanes y muleros preparaban en el patio sus arreos para las faenas del día, el rabadán y sus pastores conducían los hatos de ganado a los pastos y los señores reanudaron sus tertulias nocturnas que tanto me agradaban y de las que mucho aprendía.

Hoy está la casa llena de personas vestidas de negro, tienen el gesto serio, hablan bajo y sus ademanes son pausados. Yo tengo mucho trabajo porque depositan sobre mis brazos bolsos, abrigos y sombreros. No sé qué habrá ocurrido. El salón está oscuro, las persianas bajadas, las ventanas cerradas, las cortinas corridas y la puerta con la llave echada, ni ruidos ni gentes. No se ve, no se oye nada. Silencio y noche.

Desde el día que estuvieron en la casa las gentes de negro no he vuelto a ver a los señores.

Se ha hecho la luz, el aire corre y las arañas han vuelto a pintar sus arcos iris. Unas mujeres quitan los oleos de las paredes y los ponen en cajas, las acuarelas se amontonan en una esquina  y las fotografías andan desparramadas, otros hombres se llevan el aparador, las mesas y las sillas. Ya no hay arañas ni arcos iris. Sólo golpes y nubes de polvo.

No reconozco el lugar dónde estoy. Nada me es familiar. Todo es ajeno. Soy un extraño.

He pasado mi existencia soñando con acontecimientos y sucesos extraordinarios como narran las historias y los cuentos y cuando esto ocurre me coge desprevenido, desorientado, aturdido.

Me han sacado al patio. Es la fiesta de “Los Chiscos”, aquí estoy, junto a la hoguera, esperando que llegue mi turno, me arrojen a las llamas y mi cuerpo de madera, en vertiginosa metamorfosis, camine hacia su destrucción. Ahora este cansado, viejo y decrépito perchero se convertirá en llama, humo, ascua, ceniza y… nada. Ya no serviré para nada. No podré acariciar los bellos y sedosos mantones de Manila que las damas amorosamente dejaban a mi cuidado, ni los Fedora de fieltro, con su cinta de adorno, que los caballeros, con  aire distraído, colgaban de mis brazos y sobre todas las cosas lo que más me apena es dejar de ser ese observador imparcial del tiempo que pasa y nunca, nunca se detiene, ante nada y ante nadie.

Para mi mañana sólo me queda todo lo que he visto y la fortuna que he tenido de oír recitar, al calor de la chimenea, en las largas, tediosas y frías noches de invierno, innumerables poemas y un sinfín de historias y cuentos; unas reales y otros fruto de la más ingeniosa fantasía. Estos recuerdos me llevan a unos versos del maestro León Felipe que bien pudieran resumir toda existencia:

“Yo no sé muchas cosas, es verdad.

Digo tan sólo lo que he visto

y he visto

que la cuna del hombre la mecen con cuentos…”

(León Felipe: Sé todos los cuentos. Llamadme publicano 1950. “Versos y Blasfemias del caminante”.)

 

V I D A   D E    J U G U E T E

Era menudo, ágil, de carácter inquieto y temperamento nervioso. Su aspecto de delgada fragilidad contrastaba con su fortaleza, con su resistencia y…sobre todo, con  su capacidad para crear.

Tenía ojos vivos y alegres, piel morena y  sonrisa amable…y sus manos expresivas con  dedos largos y activos,  siempre estaban ocupadas  en dar  forma a algún material o en sostener una  herramienta.

No tenía familia.  Jacobo vivía solo  en un barrio  antiguo de la ciudad, en la parte baja, compartiendo vecindario en torno a  un patio porticado y con galerías superiores de madera,  con varias familias que , ya en tiempos anteriores , lo compartieron con sus padres.

Aquella mañana,  que  se había presentado  nublada,    la mente de Jacobo  amaneció también   preñada de extraños presagios… más inquieto de lo normal…extrañamente  agitado.

Se dirigió a su pequeño taller subiendo la Reguera de los Gatos, absorto en sus pensamientos, pero sorteando con habilidad y presteza las irregularidades del suelo a su paso.

Era temprano, como cada mañana.

La calle ascendía sinuosa y estrecha, con su canalillo en el centro y su  aspecto de interminable cuesta empedrada.  Las piedras formaban sencillos dibujos florales, algunos incompletos,  que hoyaban a trechos la angosta vía y obligaban a pasarse de un lado a otro de la hendidura central.

Desde hacía tiempo, solamente transitaban por ella, diariamente, unos pocos vecinos,  que permanecían en sus viejas casitas, porque no habían podido acceder a  una  más  cómoda ,  una vez que se construyeron las modernas viviendas abajo, en la zona más accesible junto al río. Inevitablemente, tenían que bajar a recoger  sus productos de subsistencia y a gestionar  asuntos.

A media mañana, cada día,  escuchaba sus agitadas respiraciones arrastrando  casi, al subir, pies y cestos repletos de viandas y verduras.

Poco más tarde, una mescolanza de ricos olores a comida llenaba el ambiente.

Hacía frio.

El día, oscuro y húmedo, hacía que solo se escuchara el silencio y el mecánico y brusco sonido  que, de pronto,  marcaba  las horas en  el reloj de algún campanario cercano.

El taller era un cuchitril cuidadísimo,  en la parte alta de la calle-cuesta,   donde mimosamente daba forma a mil objetos de divertimento infantil.

Jacobo dirigió una mirada circular a su pequeño mundo, en el que cada cosa ocupaba su lugar y , necesariamente,  tenía adjudicado su espacio. Mantener el orden allí era de vital importancia; pero una odisea, para conseguir una aceptable libertad de movimientos entre los mil y un tipos de materiales, pequeño instrumental y maquinaria, con los que fabricaba aquellos objetos y artilugios que hacían las delicias de los pequeños.     Maderas, plásticos, colas, pinturas…se ordenaban en pequeños estantes y departamentos a los que casi llegaba, si se estiraba un poco,  desde su banco de trabajo.

Una mesa rectangular  y un armario antiguo, con apariencia de bargueño,   guardaban  verdaderos tesoros en  cajoncitos  al alcance de su mano: clavillos, chinchetas, telas , bolas, cuentas, dibujos , limas , perlas…

Se quitó el abrigo  y se puso  su  guardapolvo  grisáceo ,  que había dejado , como cada día al finalizar su jornada ,  colgado  en el único gancho tras la puerta.

Era un gesto tan habitual…

En el gancho, destinado para sostener la  prenda protectora para su ropa,  dejó colgada la llave del taller.

Un gesto mecánico y habitual.

De pronto,  algo que presintió  le hizo volverse hacia la calle dando  un giro brusco. Y apenas tuvo tiempo para percibir  una sombra, un golpe, un tremendo fogonazo que lo inundó todo de colores ardientes.

Como empujado por un resorte emprendió veloz persecución tras aquella imagen fantasmal, que no corría…¡volaba!  pretendiendo no ser alcanzada y reconocida.

Jacobo había subido y bajado,  a diario,  aquella calleja y  las plantas de sus pies reconocían cada piedra, cada leve hondonada, cada hueco,  cada guijarro ; no le sería tan fácil al desconocido desaparecer.

Un fugaz pensamiento,  un momento de lucidez de pronto,  le hizo pararse en seco en su obstinada persecución.

…¿Para qué quería alcanzarle?

Se olvidó del agente fantasma y volvió sobre sus pasos, veloz, rozándolas apenas, las piedras de la calle.

Llegó casi sin aliento.

Con el impacto, y en su deseo de buscar explicación, comprender  y …reconocer al autor o autora de aquel brusco e inesperado suceso, había pasado por alto lo fundamental: aquel tremendo fogonazo, aquel resplandor deslumbrante, aquel calor…no eran sino los actores de la destrucción.  Y ya no podía evitarlo.

Una bocanada de calor y  una ardiente llamarada le recibieron.

¡Su taller!

¿Quién?   ¿Por qué?   ¿Para qué?

Consternado y abatido , se apoyó en la pared del otro lado de la calle , frente a la enorme boca  negra y roja , que escupía fuego y humo ardientes,  y observó dolorosamente el puñado de pequeñas pavesas y negras “palomas” que dispersaban en el aire la destrucción  en la que se  estaba convirtiendo  su taller.

¿Qué macabra idea habría movido a aquella sombra pirómana?

¿Qué le habría llevado  a volar su mundo? ¿Por qué reducía su vida a cenizas sin más…?

Porque  aquel pequeño espacio era su mundo.

Porque la vida que insuflaba a cada uno de  los juguetes  que salían de sus manos,  y alegraba  la  vida  de los niños y niñas, era su vida.


 

BARRANCO DEL SOL

Febrero amanecía con tibios rayos de sol, intercambiándose entre negros nubarrones traídos y llevados por un viento caprichoso, que tanto rolaba hacia levante, como se hinchaba y oscurecía en un precoz atardecer.

Apenas se desperezaba la siesta y ya la atardecida anunciaba su postura, en aquel puerto deportivo abrigado por apenas un dique: protuberancia de la roca que lo acogía como una nueva forma de la naturaleza.

Los barcos, arriadas las velas, se mecían al socaire caprichoso el viento. Se balanceaban las fuera borda, huérfanas de motor, sepultadas bajo toldos de distintos colores, que en su bailoteo multiplicaban arco iris sobre el agua.

Al norte, sobre el monte que acunaba la bahía, las casas, blanco y añil mediterráneo, ocultaban el lujo bajo una apariencia marinera de rustica y pobre cal. Crecían en los jardines-terrazas buganvillas, que se desmigaban en pétalos de colores: fucsias, rosas, moradas… y se desparramaban alfombrando las calles estrechas, ausentes de vida.

El silencio aumentaba su condición sorda por el impacto del aire y el estallido de las olas en la minúscula playa al otro lado de la roca.

Todo era paz y armonía.

Los locales de los bajos, que en la estación veraniega ocuparían restaurantes, bares u ofreciendo los más dispares productos, mantenían las persianas echadas. En un rincón, un rótulo borroso anunciaba un supermercado perteneciente a una conocida cadena, que debió no prosperar por roñoso y desvaído de las letras.

De pronto, arreció el viento de poniente y lo que conformaba el cielo de celeste desteñido y nubes grisáceas, se tornó en negros nubarrones. Cayeron las primeras gotas, esparcidas como si una mano hacendosa espurreara la colada a punto de plancha. Menudas y humildes gotillas intentaban animar, con su pianísima canción, la soledad de un pueblo fantasma.

Empujaba el viento a las barcas más frágiles que se balanceaban en un tac-tac monótono.

Aumentaba la ventolera arrastrando a las nubes, de vientre hinchado, deseosas de explorar y verter con violencia su preñez.

En un velero, que aparecía atracando en su abandono, como tantos otros, revoloteó la ropa tendida a secar en el lado de babor, sobre los amantillos de la botavara; aquella presencia de humanidad pasaba desapercibida de iradas ajenas, entre tanta desidia, entre tanto silencio, en la desangelada tarde de febrero.

Un hombre alto, rubio, de ojos azules, musculoso, cubierto con un chubasquero amarillo, como los que se ven en los atuneros o bacaladeros que faenan en el norte, presuntuosamente que afanó en recoger la ropa tendida. En aquel acto, aún antes que apareciera la mujer en su ayuda, cambio el paisaje: ya no era un puerto fantasma. Alguien, por efecto de la lluvia, dotaban de vida la terrible soledad del silencio. Abría, al socaire de sus brazos alzados, la curiosidad: ¿quiénes eran, de donde vendrían; se guarecieron del invierno en este perdido y minúsculo puerto? Quizá interrumpieron el viaje alrededor del mundo. Quizá recalaron aquí por casualidad y les embrujó este silencio sólo interrumpido por la armonía de los elementos.

O se embriagaron con la calidez del sol, con la transparencia del aire, en este lugar donde el rey astro se recluía durante todo el invierno; aunque esta tarde, en que se preludiaba la próxima primavera, la mar se adueñaba de los bronces del cielo, y el viento se incrustaba en el fondo del agua; y en su empuje zarandeaba a los barcos abarloados y orquestaba ritmos a los cabos que danzaban asidos a los noray con frenesí latino.

Brilló un relámpago como para iluminar, como si fuera el fogonazo de una primigenia cámara fotográfica que inmortalizara el desamparo que no conseguía eclipsar el conjuro de la lluvia y el viento.

Ningún farol se columpiaba esparciendo aureolas de luz difusas; ningún ojo de buey traslucía la mínima claridad anunciadora de intimidad en las cabinas.

Parecía como si espectros de ultratumba se dispusiesen a ocupar los aposentos vacíos, vivificados por la energía emanante de la tormenta.

Daba la impresión que el puerto diminuto horado en la roca, sólo existiera en la mente de algún viajero que, sorprendido por la tormenta, aminorase la marcha de su vehículo y se consolase, en su tardanza en llegar a su destino, creando una escena de película.

Usted conduce un Peugeot modelo 308 matrícula 7853 L S C. Usted aparcó en un puerto deportivo “Barranco del sol” ayer, uno de febrero sobre las cuatro de la tarde. No lo niegue. Lo confirma el vigilante de la urbanización. No lo negaba, sino que asentía con gestos afirmativos, corroborando lo que el policía exponía.

Por qué lo iba a negar, ni siquiera poner en duda, si efectivamente hizo un alto en el camino a causa del aguacero, que apena le permitía ver; y que el parabrisas únicamente servía para aumentar los decibelios del exterior. Claro que aparcó e intentó refugiarse en cualquier local. Con semejante inclemencia no había lugar para exquisiteces, pero había poco y cerrado a cal y canto. Si el guarda anotó su matrícula, … él no vislumbró a nadie, por ningún sitio.

Si que vio, le interrumpió el policía, a un hombre y una mujer. Y cómo iba a ver a alguien, con lo que caía. Lo tiene escrito en estas páginas de su diario. ¿No escribe usted un diario? Lo que se dice un diario… Sólo impresiones del viaje, porque viajo mucho. Llevo una casa de lencería de Valencia: toda artesanía. Mi padre ya era su representante, se llamaba “La favorita”. Ahora, dirigida por los hijos del dueño, se llama “Pretty Woman”, como la película, y yo soy su agente de ventas para el sur, la costa, desde Cádiz a Almería.

Usted describe un velero, un hombre de ojos azules…

Cómo iba a ver el color de los ojos de un hombre, con semejante oscuridad, con la distancia, con la cortina del agua… Lo dice aquí: ¿es esta su letra, no es esta su libreta? Sí señor, pero usted comprenderá… Todo permanecía cerrado, el agua caía a cántaros, no llevaba paraguas, me guarecí en los soportales, en la galería que recorre el muelle. No había luz, ni siquiera en la torre que divisa la bocana del puerto. Miré los barcos, como hace todo el que se acerca a un puerto deportivo, esperando ver yates espectaculares, allí no fondeaba ninguno. Todos se movían tal que si el puerto no les abrigasen… Interrumpió el policía. Como si el viento y el mar se asociasen con el propósito de destruir las amarras, desanudar las drizas, las maromas para dejar los barcos a su libre albedrío, para libertarlos de su prisión y divisar sus esplendorosas velas al viento surcando la mar océana. Paró de leer el policía, mirándolo con sorna.

No me llamó la atención nada: sólo el silencio, el abandono del lugar, quizá una bandera desconocida en el mástil de un velero, no muy grande, diría más bien… no sé, ignoro los metros de eslora y mucho menos los de la manga; pero en el borde si me sorprendió un nombre con muchas consonantes y diéresis, debía ser del norte, del norte de Europa.

No creo que a nadie le hubiese ocurrido salir a cubierta, pero si hubiese aparecido sería alto, rubio, con ojos azules; y si la escena fuese real, como usted insiste, detrás aparecería la mujer para echar una mano. ¿Y los chubasqueros amarillos, qué me dice de los chubasqueros amarillos? Y de qué color podrían ser, para distinguirse desde la dársena: ¿negros, marrones…? Entonces usted no vio a la mujer muerta, cuya sangre rodó escalera abajo arrastrada por el aguacero. No señor, yo no vi nada. Sólo soy un representante de lencería, que viaja de Cádiz a Almería, parando en pueblos importantes. Y por la noche escribo dando testimonio de lo más excitante del día. Sin embargo, obvió a la mujer muerta, cubierta con un chubasquero amarillo. No lo describe porque usted la mató y abandonó bajo la lluvia. Yo no la maté, ya se lo he dicho. Lo importante de ayer fue el diluvio, que me retrasó las citas y no llegué a Almería hasta las tantas. Vamos, no pasó nada más. No aparcó en el puerto deportivo. Sí, pero fue por casualidad: desde hacía mucho tiempo al leer en la carretera “Barranco del Sol” y en letra pequeña “puerto deportivo”, siempre pensaba: la próxima vez me desvío, me acerco sólo por curiosidad. La oportunidad se presentó a medio día: almorzaba en Nerja, ya le he dicho, soy representante, y el cliente de Roquetas, con el que trabajaría a primera hora, anuló la cita. Sólo me quedaba una, de compromiso, por saludar solamente, al de Motril: aparcar en la plaza de la Aurora, acerarme a la calle Nueva, total diez minutos, si acaso un café; seguir para Almería, donde la cita, al día siguiente, me dejaba la tarde libre; incluso sopesé pasar de largo de Motril y atreverme con la cuesta que escala el monte y tomarme un café en el puerto deportivo. Todo, pura casualidad.

Usted, que tiene un velero, apoyado por el del chubasquero amarillo, que conocía perfectamente el horario del empleado de la garita, con la experiencia de la soledad en invierno de este lugar casi desconocido, deciden, por los motivos que ya averiguaré, matar a esta mujer, por cierto, indocumentada, y montarse unas coartadas que no se sostienen; y para su sorpresa ignoraban la existencia del vigilante de la urbanización.

Yo no tengo ningún velero ni nada que s ele parezca; ¡qué más quisiera! soy de tierra adentro.

Sin embargo, conoce exactamente los nombres marinos, los especifica correctamente: aquí, aquí, mire, lea. No seño, no tengo ni idea, los he buscado en Wikipedia. Sólo soy, se lo he repetido tantas veces, representante, delegado de ventas, como se dice ahora, que, al acabar la jornada, como todo se realiza por ordenador, los pedidos llegan directos a fábrica, se aburre en la habitación del hotel, y relata lo que se le ocurre del día.

Dejó el cuaderno y el bolígrafo sobre la cama y se inclinó hacia el móvil que reposaba en la mesilla de noche. Se sorprendió de la hora: la una y cinco minutos. Sopesó si seguir escribiendo: que verificase el forense la hora exacta de la muerte, que comprobasen la exactitud de su horario, que el vigilante certificara los apenas minutos que permaneció en el muelle; en fin, convencer a todos de su inocencia; pero se dijo: m he colado una hora y cinco minutos. Ya es mañana.

Dividió el folio con una raya, y a continuación, por debajo de la línea, anotó con letras grandes y centradas: dos de febrero.


 

RETRATO DE MUJER, EN BLANCO Y NEGRO

Tiene una mirada dulce y serena tras la cual se adivina una rica e intensa trayectoria vital. La simple observación  de su semblante, lleva a pensar  que uno se encuentra ante una persona que ha vivido con intensidad, muchas e interesantes experiencias, sabiamente aprovechadas, que la han convertido en una gran mujer. Su historia, nos sumerge en un pasado reciente, desconocido quizá para las nuevas generaciones, del que tantas cosas podemos aprender.

Hemos estado charlando durante más de una hora y apenas he tenido que hacer uso del guion que había preparado. Ha sido ella quien ha conducido la conversación que me ha hecho conocer, un poco más, su vida. La vida de una mujer andaluza que es representativa de muchas otras, que compartieron con ella una época difícil de la historia de Andalucía, de la historia de España.

Nacida en 1934, Antonia, pertenece a una familia andaluza emigrada a Cataluña en los años 50.

En su relato, evoca con cierta nostalgia sus juegos de infancia en la calle del Aire, en las Siete Esquinas, en la placeta Palacio, rodeada de vecinas y amigas, su asistencia a la escuela de Dª Julia en la calle Real… Vivencias felices que se llevó por delante la guerra civil.

A partir de entonces, su familia, como tantas otras, tuvo que vivir durante años situaciones de penurias y carencias de todo tipo. Terminada la guerra, su padre, guardia de asalto en la República, fue represaliado y encarcelado durante siete años, quedando ella y sus tres hermanas a cargo de su madre, que, sin otra fortuna que sus manos, tuvo que luchar duramente para sacarlas adelante. Por mediación del patronato de La Merced (institución franquista que organizaba asuntos relacionados con los presos políticos), fueron internadas en colegios de monjas donde eran preparadas para aprender a realizar tareas domésticas, para ejercer como buenas sirvientas en casas de familias acomodadas de la capital.

Su relato acerca de esta situación es un relato sereno, pausado, que invita a la reflexión, que no deja traslucir odio ni resentimiento, a pesar de lo extraordinariamente duro que pudo llegar a ser. La narración de vivencias tan sórdidas como el hambre, el frio o el ser llamada en tono despectivo “hija de rojo” en el internado al que la condujeron con nueve años, no deja duda de una madurez, conseguida con años de lucha, para no dejarse vencer  por la injusticia.

Recuerda como, durante esos años, su madre tuvo que vender los escasos muebles del ajuar familiar, y trabajar duramente vendiendo o tejiendo jerséis  al módico precio de 10 pesetas, para hacer frente a la situación de pobreza o como sus hermanas fueron a servir a Granada recomendadas por las monjas del internado o a bordar ajuares de familias adineradas.

Hacia 1946, el padre, avalado por su buen comportamiento, sale de la cárcel y, poco después, emigra a Cataluña en busca de trabajo, estableciéndose en un pueblo del cinturón industrial de Barcelona. Al poco tiempo, toda la familia se traslada desde Andalucía a este lugar en el que, junto a varias familias, también emigradas, fijarían definitivamente su residencia. Se iniciaba entonces el proceso de emigración masiva que conduciría irremediablemente a la despoblación de tantos pueblos de la geografía andaluza.

No fueron fáciles esos primeros años de emigración en los que Antonia estrenaba juventud. Comenzó pronto a trabajar en la industria textil (Hilado y Tintes Soler) donde ganaba 84 pesetas a la semana, con un horario de nueve horas diarias; cantidad nada despreciable, comparada con los casi nulos ingresos de la situación anterior. No obstante, lo más duro para ella, era el desconocimiento del catalán que la hacía sentirse aislada y en inferioridad de condiciones con las  trabajadoras que si lo hablaban. A pesar de todo, piensa que fue capaz de adaptarse a la nueva situación y valora como positiva la experiencia. Creyente y comprometida, se une, junto a su hermana, a las juventudes obreras de acción católica (HOAC) donde encuentra un espacio de enriquecimiento personal que valora como muy importante en su vida.

Su relación con Antonio, un paisano también emigrado, termina en boda y fruto de ese matrimonio son sus dos hijas Pura y María. Recién casada vuelve a emigrar, esta vez a Alemania con su marido y es allí donde nace su hija mayor y donde se encuentra de nuevo con el problema de un idioma desconocido, y una nueva experiencia de aislamiento, de la que aprende y extrae conclusiones: procurará a sus hijas una sólida formación en el conocimiento de idiomas, aunque tenga que trabajar doble para conseguirlo. Tal ha sido su empeño que, la menor de ellas, María, trabaja actualmente como intérprete en la sede de la ONU, en Nueva York.

Su retorno a su pueblo natal, recuperando la casa familiar de la calle Percheles, se produce tras muchos años de ausencia y de haber conseguido superar los duros recuerdos del pasado. La época de la jubilación ha aportado  el tiempo necesario para poder vivir largas temporadas junto con su marido, Antonio (Q.E.P.D), en su pueblo, conviviendo en armonía con vecinos y amigos de toda la  vida, disfrutando de charlas que evocan otros tiempos y regalando a sus hijas y nietos la oportunidad de conocer y valorar las raíces familiares por las que siempre se interesaron. El resto del año, sigue viviendo en Barcelona, donde no escatima esfuerzos para ayudar a amigos y vecinos que han encontrado en ella la comprensión y apoyo que sabe dar quien es capaz  de ponerse en la piel de los demás cuando lo necesitan.

Esta calurosa tarde de verano, me ha brindado la oportunidad de disfrutar de la hospitalidad de Antonia y de María, su hija. Dos mujeres que encarnan dos generaciones separadas por una enorme diferencia en sus condiciones de vida   pero al mismo tiempo unidas por los mismos valores, aquellos que sabe transmitir una familia curtida en el esfuerzo, la honradez y la lucha por mejorar no solo sus propias condiciones de vida, sino también las de sus seres cercanos, haciendo que este mundo sea cada vez un poquito mejor. Mis mejores deseos para ellas.


 

EL ESTUCHE. DESTELLOS DE UNA INFANCIA FUGAZ

Por el Camino de los Pensamientos, así conocido al estar flanqueado por chalecitos con rejas cubiertas de dichas flores. Andando bajo la sombra de grandes acacias, que hacen de escolta protectora en su recorrido, voy de la mano de mi madre hacia el colegio de las monjas, situado al final de este camino en otro chalet mayor y justo al lado de una pequeña iglesia. Es mi primer día de colegio y no pierdo detalle de lo que veo. Todo me llama la atención, así olvido el mal rato que he pasado en casa antes de salir, pues empezar esta aventura desconocida era lo peor del mundo. De pronto, entre los pensamientos que cubren la verja de un chalet, observo con sorpresa una flor más grande que sus compañeras y que además se mueve sonriendo, sSuelto la mano de mi madre para tocarla, pero la flor me hace burla y desaparece, dejando el regalo de unas risitas que se alejan rápidamente.

Ya en el colegio, después de un rato con libros de dibujos y cuadernos de palotes, salimos al recreo en donde hice amistad con otro niño más llorón que yo, pues todavía hipaba de vez en cuando, por lo que quise consolarle jugando con él.

Al poco tiempo le tuve que dejar al ver el jardín, formando parte de un corro de niñas, a la flor que me hizo burla. Sin pensarlo, fui hacia ella y le saqué la lengua también, provocando las risas de sus compañeras y que la flor con piernas corriera a esconderse entre los setos. En un rincón la encontré: “¿Cómo te llamas?”, y le dije. “Me llamo Mariemi. ¿Y tú?”, contestó a su vez, preguntando. “Yo soy Tito y tengo 5 años”, le respondí. “Yo también tengo 5 años”, dijo sonriente y se fue corriendo a jugar con sus amigas.

Las monjas de aquel colegio eran muy ricas, pues tenían muchas cajas de zapatos llenas de oro que guardaban en una habitación donde nos llevaron una vez; sin embargo, también eran generosas, ya que cuando llegaba el santo de un niño o niña le regalaban una de esas cajas, por lo que el día de San Juan, sor Leonor, que era nuestra monja, me dio una. Fui muy feliz con el regalo, pero a los pocos días la felicidad aumentó, pues aquel oro se fue convirtiendo en mariposas blancas; lo único malo de ellas es que ponían cagaditas en la caja. Al preguntarle a mi madre, contestó, entonces, que eran los huevos de los que saldrían nuevas vidas, se harían  capullos amarillos, que servirían para elaborar la seda o bien se hacían mariposas otra vez.

Pasado cierto tiempo supe que el papá de Mariemi era también militar, como el mío, además de amigos, pues un día nos invitaron a su chalet para celebrar algo.

Lo pasamos los dos estupendamente con los columpios y jugando con otros niños.

A veces nos llevaban al campo a buscar grillos, así como a ver bichos raros debajo de las piedras o a coger flores para nuestras madres; pero lo que más nos gustaba era cuando nos bañábamos en el río o nos paseaban en barca para explorar la isla del Hada Pobre o la de los Misterios.  Se decía que allí había un ogro escondido, porque no le agradaban las visitas. En verano iban nuestros padres a un campamento. El de ella, como instructor y el mío como médico. Yo nunca había estado, cuando un día fui a verlo me impresionó la presencia de los gigantes que había en la entrada.

Mi padre dijo que eran los centinelas. Hasta entonces la palabra capitán, como él, significaba lo más glorioso para mí, pero desde aquel día tuve que añadir, también, el de centinela. Cuando los vi saludar, presentando armas, me emocioné correspondiéndoles a mi manera. Sonrieron, haciendo un guiño mientras les miraba con admiración.

Durante unas semanas dejé de ver a Mariemi hasta que, con motivo de la jura de bandera en el campamento, nos vimos allí las dos familias. Mientras se sucedían los actos de tal celebración e influido por la música de marchas militares, hubo un momento en el que mirando con emoción sus trenzas rubias, movidas por el viento sobe el fondo de un castillo lejano, me imaginaba que se iban a enredar entre las almenas y tendría que ir a rescatarla. Entonces le di un beso sin darme cuenta y salí corriendo hasta el castillo, pero estaba más lejos de lo que pensaba y opté por esconderme detrás de un árbol, observando desde allí la reacción que había tenido. No la pude ver porque, al parecer, también se había escondido; tan solo se escuchaban sus risitas cuando el ritmo de la música hacia alguna pausa. Finalmente, superado el sentimiento de vergüenza por el deseo de estar juntos, pasamos un día muy feliz celebramos la fiesta a nuestra manera, indiferentes a la de los mayores.

Un día vino un amigo mayor y me llevó al almacén secreto donde la pandilla del barrio tenía escondida la leña para nuestra hoguera del día de San Juan, junto con otros niños, teníamos que vigilar que no la robaran los de otros barrios.

Mientras tanto, los más mayores van a hacer frente a los de San Isidro, porque hoy vienen para llevársela. Ante esta situación, escondidos entre los árboles y taludes del descampado que rodea la barriada, les esperan con piedras y palos, alejados de las casas, pues al ser casi todas de una sola planta, evitan de esta forma que las tejas corran riesgo de romperse con las pedradas. En el almacén esperamos con impaciencia apenas contenida y por eso, en cuanto escuchamos el jaleo, salimos todos para no perder el espectáculo, olvidándonos de la leña y que somos pequeños. Esto no es obstáculo para unirnos a los mayores, estorbándoles en su estrategia, pero con más audacia que ellos. Durante la refriega, debido a tal imprudencia, recibo una pedrada encima de la oreja y como consecuencia, al ver la sangre, todos huyeron corriendo. La leña se salvó esta vez gracias a mi castigo de no salir a la calle unos días, salvo para ir al colegio. Los compañeros me admiraron como si fuera un héroe. Lo mejor fue que Mariemi diera un beso en el esparadrapo que cubría ha herida y que dejara a sus amigas en el recreo para estar conmigo.

Ciertas tardes, cuando el sol, cansado de trabajar durante el día apartando nubes o eliminando sombras, se acostaba voluptuosamente entre encajes rosáceos sobre la línea del horizonte, era el momento mágico en el que algunos niños del barrio nos reuníamos en el fielato, situado a la entrada de la ciudad, sentados en taburetes alrededor del vigilante para escuchar sus historias de miedo. Era un hombre muy mayor, el rostro surcado por arrugas y con gafas de gruesos cristales sobre una enorme nariz. Presentaba el aspecto de un monstruo marciano. Se sentía un personaje importante ante nuestra atención. Nos gustaba oír sus relatos bajo la luz mortecina de una bombilla; mientras, de vez en cuando, el monstruo hacía una pausa para engrasar su garganta con un trago de la botella que tenía encima de la mesa. Cuando llega al final del relato apaga la luz inesperadamente y entonces salimos corriendo asustados hacia nuestras casas, perseguidos por sus carcajadas.

Al anochecer siguiente volvemos de nuevo porque, a pesar de las pesadillas, la curiosidad por historias siniestras como las del hombre del saco, el tío Camuñas y otras del mismo estilo, podían más que el miedo. Después, cada vez que yo tenía ocasión, esos relatos se los contaba a Mariemi y sus amigas, exagerándonos para divertirme con sus gritos.

Un año hicimos la primera comunión en la pequeña iglesia de la parroquia, al lado del colegio. Lo importante para mí, y sospecho que también para Mariemi y los demás niños, no eran las catequesis preparatorias del acontecimiento, ni éste tampoco. Lo emotivo era el ser protagonistas del mismo, vestidos de gala con trajes blancos de marinero o de novias. También había la costumbre dicho día de llevar una bolsita en la que conocidos y familiares echaban monedas como regalo. Por eso se decía que era el más feliz de la vida. Sin embargo, mi felicidad fue la posibilidad de ir de pareja con Mariemi. Cuando la fila de niños se acercará a recibir la comunión, como así ocurrió el día señalado para hacerlo,  Sor Leonor que nos puso juntos, por lo que nos ilusionamos, como si aquello fuera un ensayo de boda.

Cumplidos ya los nueve años me cambiaron de colegio. Era uno de curas. Les llamaban los “Baberos”, porque tenían un tarjetón blanco debajo de la barbilla y sobre la sotana. Se decía que son muy exigentes y hasta pegaban palos. Voy a cambiar, pues, el amor del colegio de monjas por la dura disciplina del nuevo. No sé lo que va a suceder ahora, pero, como me considero ya mayor, podré con todo menos con la ausencia de Mariemi a quien veré pocas veces. Durante la estancia en ese colegio y, aunque la verdad es que los curas daban palos, quizás yo fuera uno de los privilegiados, pues, al tener un buen comportamiento y buenas notas, tan solo recibí alguna que otra vez un par de reglazos en la palma de las manos.

Por si fuera poco, y pasado cierto tiempo, con motivo del ascenso de mi padre en su profesión, nos trasladamos a otra ciudad. Lo triste fue que ibavoy a dejar Mariemi y quizás no volviéramos  a vernos más. Antes de despedirnos hicimos un pacto, fuimos al jardín por detrás de la iglesia y un pequeño estuche metimos una nota en la que prometimos que, si algún día pasábamos por allí, el primero en llegar debería poner la dirección de donde estuviese para quien viniera después se pusiese en contacto. Finalmente enterramos el estuche al pie de un rosal y, sin poderlo remediar, regamos el sitio con unas lágrimas. A continuación, nos fuimos a nuestras casas pues estaba anocheciendo. Lo único bonito del día fue el beso de despedida.

Han pasado muchos años desde aquel momento. Demasiados. Durante este tiempo sucedieron muchas cosas. La peor fue perder el rastro de Mariemi, aunque no su recuerdo. He recorrido medio mundo, pero nunca había vuelto al lugar en el cual pasé la infancia. Me casé, tengo hijos, nietos. Ahora soy viudo, jubilado y abuelo. Demasiados avatares buenos y malos. Es decir, la vida tal y como es. Sin embargo, un buen día decidí volver al lugar donde me crie en busca del niño que fui, ese compañero ausente, y, por supuesto, también de Mariemi. Dicho y hecho: cuando llego a esa ciudad voy directo al barrio que me vio crecer. Una vez allí la impresión fue decepcionante. Lo que era campo y jardines estaba invadido de edificios impersonales, flanqueados por calzadas colapsadas con un tráfico agobiante. Todo mi mundo había desaparecido. Incluso el parque donde tanto jugamos ha sido convertido en un gran aparcamiento. Desilusionado me dirijo hacia el camino de los pensamientos. El corazón me llevaba más deprisa que las piernas y cuando llego recibo otra decepción peor que la anterior. Los chalesitos eran casas de muchos pisos y las acacias habían sido sustituidas por horrendas farolas. Al final de la calle casi grito de alegría: la pequeña iglesia con su pequeño jardín seguía igual que siempre. Sentí la impresión de que me daba la bienvenida, sonriendo con su pórtico inmutable, como si se alegrara de mi presencia. Naturalmente lo primero que hice fue ir al lugar en el que Mariemi y yo enterramos el estuche. Escarbé temblándome las manos.

Allí estaba, mohoso y los colores desvaídos. En su interior había un papel con una fecha, un corazón pintado, la huella de un beso y su foto. Supe que estuvo aquí hace varios años. La dirección era de Granada, ciudad desconocida y lejana para mí. Había un número de móvil al que llamé varias veces, pero siempre salía una voz metálica diciendo que tal número ya no existía. Entonces pensé que tampoco estaría viva. En cualquier caso, me llevo el estuche y entro en la iglesia.

Fue como volver al pasado: el mismo entarimado, aunque más gastado y ruidoso, los mismos bancos, el altar, los laterales. Todo seguía igual, solo faltaba que saliera de la sacristía el Padre Daniel tal como era. En el interior no había nadie, pero me pareció que lentamente se iba llenando con gente de aquel entonces: los niños, los mayores, familiares; solo faltaba Mariemi, por lo que decidí encontrarla. Cuando salí de la iglesia, fortalecido por la oración, no me importo que el exterior fuera desconocido o indiferente, pues ahora el camino de los pensamientos se había convertido en el de la esperanza. Las farolas eran de nuevo acacias y los edificios, chalecitos con sus rejas cubiertas de flores sonrientes, pero entre las que no estaba la mejor de todas.

Al día siguiente llegué a Granada a primera hora de la tarde y fui a la dirección indicada. Anhelante, llamo a la puerta y aparece una señora entrada en años. Evidentemente no era ella. Después de saludarla cortésmente, se me ocurrió preguntar: “¿está la señora?”. Se quedó mirando con desconfianza, mientras decía, “ha ido a la universidad, tiene clase en la Facultad de Medicina”. “¿Es profesora entonces?, dije.” “No. Ella se jubiló de pediatra, ahora asiste como alumna”. Me quedé sorprendido. Lo de que fuera alumna no lo esperaba. Por preguntar algo, continué: “¿Vive sola?”. “Desde que es viuda está junto con su hija que acaba de salir”. Se puso pensativa, como dudosa de seguir informando a un desconocido. “Muchas gracias”, le contesté y salí a la calle donde tomé un taxi. Eran las cinco de la tarde así que llegaba a tiempo de verla. Una vez en la facultad me informo en qué aula se encontraban dando clase, pero al acercarme a la puerta preferí esperar. Sentía demasiada emoción y tenía que serenarme. Así que fui a la cafetería donde me dijeron que a las seis había un descanso y los alumnos iban por allí a tomar algo. Entonces pido un café y espero sentado en un rincón escondido para observar mejor, según fueran entrando. Durante la espera pensé que lo que estaba haciendo era una tontería y no tenía derecho a interferir en la vida de nadie. Que aquellos niños de entonces desaparecieron con la edad y ni ellos, ni su entorno, ni su tiempo podían ya volver. Me dieron ganas de irme sin verla y fui hacia la barra para pagar. Al meter la mano en el bolsillo tropiezo con el estuche en su interior y volví a sentarme, en cuyo momento se oye un creciente rumor de voces y pasos, aproximándose por los pasillos. Fueron entrando. La mayoría eran mujeres de cierta edad en grupos de dos o tres. Estaba dudando ya de mi elección, cuando el corazón me lo dijo. Era ella. Al levantarme sentí un mareo imprevisto, producto de la emoción. Pero lo superé apretando con fuerza el estuche y me dirijo hacia la mesa en donde se habían sentado. Sin referirme en concreto a ninguna, pregunté: “perdónenme la confianza, ¿alguna de ustedes se llama Mariemi?”. Y sin esperar respuesta puse el estuche encima de la mesa.

Todo fue muy rápido. Sin hablar, pero con una inmensa sonrisa se levanta la más guapa de las tres y nos dimos un interminable abrazo delante de los demás sin importarnos las miradas y comentarios. Sus aplausos nos devolvieron a la realidad.

Desde entonces yo también soy alumno de la Universidad de Mayores. He hecho el traslado definitivo a esta ciudad de Granada y participo de las actividades de sus asociaciones, junto con Mariemi, viviendo inseparables desde que nos casamos en la pequeña iglesia de aquella ciudad en la que, juntos también, hicimos la primera comunión, resucitando así una parte tan querida de nuestra vida, que no merecía perderse en el anonimato del olvido.

Somos felices y el estuche ocupa el mejor lugar de la casa, como testigo y centinela de nuestro primero y ultimo amor. En él estaba nuestra infancia como un tesoro y, abriéndolo, volvimos a recuperarla en alas de una nueva ilusión.


 

Mi familia y otros recuerdos

Yo tenía cuatro hermanos. Mi prima era más afortunada, tenía diez. Éramos tres niños y dos niñas. Entonces era muy importante la diferencia entre niño y niña, porque los reyes magos que todo lo sabían, nos traían cochecitos para los niños y muñequitas para las niñas. Aunque luego les podías hacer la pelota a alguno de tus hermanos y te prestaban el cochecito, la bicicleta o el trompo. Siempre tenía alguien con quien jugar, discutir, pelear… Nunca te encontrabas sola. Mis hermanos dormían en la habitación de los niños y mi hermana y yo en la de las niñas. La hora de la comida era una batalla campal, nos metíamos unos con otros y nos tirábamos pan, o lo que tuviéramos a mano mientras mi madre iba a la cocina a servir la comida y mi padre todavía no se había sentado a la mesa. Vivíamos en una ciudad en la que el frio estaba mojado. De las paredes rezumaba agua. Pero no tenía problemas. En las noches de inviernos, cuando me quejaba mi padre me ponía encima de todas las mantas y cobertores de la cama, su pelliza y ésta desprendía tanto cariño que rápidamente me dormía.

Lo que más me gustaba, cuando era pequeña, era la Nochebuena, que la celebrábamos en casa de mis tíos con mis once primos y mi abuelo.

Unas semanas antes, mis tíos compraban un pavo. Lo ponían en la azotea de su casa y allí íbamos jugando con él todos los primos. Le llegábamos a poner nombre, recuerdo uno en especial al que le pusimos Ruperto. En la cena del veinticuatro de diciembre siempre tomábamos de plato principal pavo. Los niños con cara triste preguntábamos por el que había sido nuestro compañero de juego durante un tiempo, pero nuestras madres siempre nos contaban que se había ido a celebrar las fiestas con su familia y así conseguían que comiéramos. Después, cuando el nivel de alcohol iba subiendo en los cuerpos de los mayores, empezábamos a cantar “Los peces en río”, “Campana sobre campana”, hasta que llegaba el momento en el que le pedíamos a mi padre que cantara “su canción”: “La bota”. Ésta narraba la historia de unos ciegos que iban hacia Belén y llevaban una bota de vino, pero se les cayó en un cenaguero y ya no pudieron beber y lo lamentaban muchísimo. Lo más divertido era lo desafinado que cantaba mi padre.

Después nos íbamos al “Tele”, que era el bar de debajo de casa de mis tíos y allí formábamos una rueda muy grande, todos cogidos de las manos seguíamos cantando y bailando hasta que nos vencía el sueño y el cansancio a los niños. ¡Qué felices éramos…!

Ahora, que han pasado ya tantos años, me pregunto: ¿qué sería de Ruperto?, ¿Se iría de verdad a pasar las fiestas con su familia? ¡Qué bendita inocencia! ¡A dónde habrá ido a parar…!


Poesía dedicada a Andalucía

Alimentación y hábitos saludables en una población mayor

Resumen


Introducción: Las personas mayores son vulnerables desde el punto de vista nutricional y ello constituye la hipótesis del trabajo. El objetivo principal del estudio es conocer los hábitos de vida saludables de los alumnos mayores del Aula Permanente de Formación Abierta de la Universidad de Granada (APFA) respecto a alimentación, ejercicio físico, alcohol, tabaco y obesidad, y como objetivo secundario, estimar el impacto percibido y manifestado por los alumnos en sus hábitos saludables con relación a la educación para la salud recibida en el programa formativo del APFA. Material y métodos: Estudio transversal descriptivo. Se obtuvieron 147 encuestas de una población total de 264 con una tasa de respuesta de 55,7%. La encuesta alimentaria contenía las raciones adecuadas de cada alimento recogidas por la Sociedad Espanola ˜ de Nutrición Comunitaria. Posteriormente fueron analizadas para obtener las kilocalorías globales medias consumidas diariamente y conocer su distribución en los principios inmediatos. Resultados: La media de edad es de 63,3 anos; ˜ un 6,8% son fumadores, un 9,5% bebedores moderados, y caminan media hora/día o más un 91,8%. El perfil calórico medio global es de 1.874 kcal/día; las proteínas suponen el 16,7%, los hidratos de carbono el 50,3% y las grasas el 33,1%. Ingieren menos de 3 piezas de fruta/día el 38,1% de los alumnos, y menos de 2 raciones de verdura diarias el 43%; asimismo, consumen menos de 2 vasos de leche/día el 32% y menos de 3 huevos semanales el 69,4%. Prevalencia de obesidad: 11,2%. Han reforzado hábitos saludables el 83% de los alumnos mayores. Conclusión: Los alumnos del APFA tienen hábitos de vida saludable respecto a consumo de tabaco, alcohol y ejercicio físico. La alimentación es deficitaria en consumo de fruta, verdura, lácteos y huevos. Los alumnos perciben un refuerzo positivo en sus hábitos saludables con relación a la educación para la salud recibida en el APFA.

Artículo completo: Alimentación y hábitos saludables en una población mayor

Manuela Gómez Sanchiz, José Martínez Checa, Concepción Muñoz Blázquez y Natividad Valenzuela Pulido.

Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia. Publicado por Elsevier España

Universidad y naturaleza

Sr. Director de IDEAL: Ya sea recorriendo las acequias árabes del barranco del Poqueira, estudiando sis características, así como pueblos o lugares conociendo desde los llamados ‘tinaos’ hasta castillos y monumentos, tradiciones, costumbres y demás curiosidades ocultas en sus rincones, a veces, también, caminando por los senderos de Sierra Nevada, integrados en el paisaje para considerar todo su conjunto como un inmenso museo viviente en donde se estudia su orografía y la fauna o flora que la habitan, los mayores con inquietudes culturales tienen la oportunidad de hacerlo a través del Aula Permanente de Formación Abierta de la Universidad de Granada, junco con sus asociaciones de alumnos mayores universitarios, tales como Aluma y Unigrama, quienes han llevado la posibilidad de ampliar conocimientos a la naturaleza, aunando de esta forma el deporte u la enseñanza al practicar ambos al mismo tiempo, pues tanto lo uno como lo otro se complementan dentro de un juego de aprendizaje. El estudio deja de ser algo estático, aprisionado entre los renglones de las paginas o en las pantallas de los ordenadores, volviéndose atractivo al igual que un libro en blanco, cuyo contenido se va rellenando con las experiencias que se van viviendo en todas las facetas de la ciencia, ya que se hace directamente en primera línea y sin las limitaciones que necesariamente imponente las aulas o sus horarios. Igualmente visitando pueblos y ciudades, estos dejan de ser un simple nombre en el mapa y se hacen alma a través del conocimiento de su historia o de su arte. Se hacen sentimiento con sis vivencias y recuerdos.

Tal actuación de los mayores, mediante las citadas asociaciones universitarias, con sus marchas informativas y viajes culturales, (he) llevado la universidad a la naturaleza, a los pueblos, a la montaña, haciendo posible el ideal que anteriormente llevó a la práctica el maestro de maestros Giner de los Ríos, pionero promotor de la enseñanza moderna, aplicada en este caso a la tercera edad, ampliando conocimientos sin esfuerzo al vivir la realidad ambiental en convivencia social y en donde los mayores se sientan más libres y más jóvenes.

Juan Francisco Aceña Caballero. Granada.

Publicado en el periódico IDEAL a 18 de Marzo de 2016.

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