SOCIOS

       

 

 

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UNOS REYES POBRES


Érase una vez, no hace mucho tiempo, una familia formada por un matrimonio con un hijo y una hija, que vivían en el campo, en una casa del dueño de una finca, del amo, en plena naturaleza; pero vivir en una especie de paraíso natural no garantizaba que todo fueran ventajas…
La casa era pequeña, con dos habitaciones, en las que se colocaban tres camas: una grande con colchón de lana, una mediana y una pequeña; estas dos últimas con jergón de hojas secas de mazorcas. No había armarios sino unas estanterías de madera vieja y allí se colocaba la ropa, cubierta con unos trapos para que no se ensuciaran con el polvo. La cocina era grande, rectangular, y en ella se ordenaban todos los “cacharros” necesarios para preparar el sustento familiar. En las viviendas pobres del campo no sobraba ningún mueble, aunque fueran armatostes; pero no se tiraba casi nunca ningún objeto; se restauraba de la manera que conviniera o se cambiaba de color con alguna pintura sobrante de otros menesteres.
El suelo de toda la vivienda era de tierra apelmazada y prieta; por ello se podía barrer y estaba siempre impecable, aunque en alguna ocasión algún “moragaño” preparaba su entretejido nido en algún rincón. A lo largo de toda la pared se colocaban cacerolas, sartenes, platos, los cántaros y el botijo con agua para beber, que se recogía de una “regaera” que bajaba del pinar; dicho caudal no estaba canalizado y de vez en cuando se podía disfrutar dentodo tipo de “bichos” –culebras de agua, saltamontes, gusanos, zorros, jabalíes, los animales domésticos que saciaban sus sed-; y hasta había una poza donde “el ama” de la casa aseaba la ropa, acompañada siempre de una banca para no mojarse las rodillas y un lavadero de madera donde restregar los tejidos.
En este ambiente familiar, ¿qué podrían escribir los hijos en las cartas a los Reyes Magos, si ni siquiera se imaginaban cómo era su aspecto? Pero el interés de los niños, su anhelo con encontrar algo en sus zapatos, les incitaba a disfrutar de una sorpresa.
El calzado se colocaba junto al rescoldo de la leña ya quemada y que cuando se apagaba el candil para irse a la cama y esperar al día siguiente, se vislumbraba una especie de brasero sonrosado repleto de ascuas. ¡Y a dormir se ha dicho!
Al día siguiente, tempranito, los pequeños de la casa corrían a ver qué había en sus zapatillas y en ellas encontraban: media libra de chocolate, unos calcetines, higos secos, alguna ropa interior, caramelos, unas mandarinas; también material para la escuela: un lápiz, una goma de borrar, un bolígrafo y un cuaderno. ¡Qué contenta toda la familia! Todo se podía aprovechar. No había enfados ni nostalgia por juguetes.
Nadie había visto a los Reyes pero la ilusión quedaba aparcada hasta el seis de enero del año siguiente. ¿Qué pedirían aquellos niños para la próxima visita de los de oriente?
Pues…, muy fácil; lo mismo que escribieron en este día y en este año.


J. Miguel Hernández Blázquez

 

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EL ÁNGEL, EL LIBRO Y EL PORTAL

Sentada en la antigua mecedora, leo una de las leyendas de Bécquer, al lado, Rufo, mi perro, duerme entre estruendosos ronquidos recogido en su mullida canasta.
Poco antes, había sacado del desván la caja donde guardamos las figuras del Belén, que debido a la cercanía de la Navidad me disponía a montar, mientras Rufo me perseguía «revoloteando» alrededor.
Tengo todo preparado: papel de estraza para las montañas (otros años las hago con piedras de distintos tamaños); papel charol de color azul; papel plateado, de las tabletas de chocolate, guardado con anterioridad, para el río y las estrellas; una bolsa con tierra y otra con musgo artificial; y un bote de polvos de talco porque me gustan las cumbres nevadas. Disfruto con el «Portalico de Belén». Lo tenemos desde que, en mi infancia, un día previo a la Navidad fuimos mi madre y yo a la ciudad y compró las figuras principales dejándome la responsabilidad de hacerlo, costumbre que ha perdurado a lo largo de los años. El lugar elegido fue la antigua chimenea del salón que ya no usábamos como tal. Suelo reproducir siempre el mismo paisaje, salvo pequeñas variaciones en alguna ocasión.
Esta mañana, tras sacarla del desván, he dejado la caja junto a la chimenea. En ella, las figuras descansan cuidadosamente envueltas en papel de periódico esperando, pacientes, que las saque de nuevo a la luz para ser colocadas en su lugar correspondiente. Lo que más me gusta es el Portal con Jesús, José y María (inmediatamente se me viene la rima: …Os doy el corazón y el alma mía), el buey y la mula que sitúo siempre muy cerquita del Niño para que le den calor; la estrella, un cometa blanco y brillante con la estrella dorada en el centro, que por su especial delicadeza, al guardarla, envuelvo siempre con sumo cuidado; y el ángel, ¡el dichoso ángel! siempre me lleva de cabeza debido a su volatilidad.
Hay otras figuras que también me gustan: una mujer con un cántaro al hombro, la llamo «la samaritana» y la coloco siempre junto a la fuente o cruzando el puente; el pescador, a la orilla del río; el agricultor con bueyes y arado, arando la tierra esperanzado, quizá, en sus venideros frutos; varias lavanderas que sitúo a lo largo del río mientras las imagino charlando entre ellas; los pastores alrededor de la hoguera recibiendo atentos y sorprendidos el anuncio del ángel; los Reyes Magos, cada uno en su dromedario y acompañado de su paje…; el cisne (pues hay un cisne), lo pongo en un remanso del río, como un pequeño lago, que hago expresamente para él; mulos, ovejas, cabras, gallinas, vacas, y otros animales; casitas, de acogedora sencillez que eclipsan al ostentoso castillo de Herodes quien, altanero y soberbio, permanece en la puerta; un puente, una fuente, un pozo y un molino. En cuanto a los motivos vegetales, están representados en variedad de árboles, palmeras, chumberas y pitas. ¡Ah! también hay palomas y nidos con pajaritos.
Me reconforta comprobar que la ilusión infantil aún continúa en mí. Como siempre, comenzaré por el paisaje: cielo, montañas, valles y el río. Luego, el portal donde nacerá el Niño, la tierra, el musgo y la nieve y seguidamente los árboles y demás plantas, y las figuras después. Lo último que coloco son los Habitantes del Portal, el ángel y la estrella.
Toda ilusionada, abro la caja y ¡me llevo una gran sorpresa! cuando lo primero que aparece es el libro Rimas y Leyendas de Bécquer, descubierto en mis albores juveniles pasando a convertirse en uno de mis libros favoritos. No recuerdo haberlo guardado ahí el año anterior.
Lo abro y voy directamente a leer la rima IV y luego la V, encierran toda la magia, la armonía, la belleza y el misterio de la poesía. Hubiese leído también la VII, pero no es necesario porque me la sé de memoria desde la escuela. Decido releer todo el libro en cuanto acabe de hacer mi tarea navideña. Entonces, recuerdo que el tema de una de las leyendas transcurría en Navidad. Como una atención especial, la busco y leo antes de comenzar con el Belén.
Se titula Maese Pérez el organista, nombre del protagonista del relato. Esta historia, aparte de misteriosa me resulta muy entrañable por el sentimiento de maese Pérez vivido de forma tan extraordinaria con la Navidad, concretamente en el momento de la Consagración de la Misa del Gallo en el que su música sonaba como si estuviese hecha por arcángeles (no diré más por si alguien no lo ha leído).
Concluyo el relato, emocionada, como siempre que lo leo. Al mismo tiempo, Rufo, intenta, tenaz y apresurado, llamar mi atención, al mirarlo veo que me ofrece algo que al instante reconozco como una figura del Portal de Belén ¡El ángel! ¡El ángel que anuncia la cercana venida de Jesús!

Sonriendo, me dispongo a montar el Belén.

Antonia Gázquez Visiedo

                                                                                           

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Hoy me gustaría estar más cerca de ti, que me contaras historias de juventud, y dieras rienda suelta a tu memoria hasta el primer amor, el primer baile, el primer beso, y que me describieras las tardes de merienda junto al rio,  o de paseo por la plaza donde cantaba el agua.           

Hoy me gustaría revivir contigo el nacimiento de algún hijo, sus balbuceos y primeros pasos,  y que lo repitieras por cada uno de tus nietos. Me gustaría escuchar de nuevo esa anécdota, varias veces repetida, que despunta entre tus vivencias.

Hoy tendría tiempo para acompañarte en tu sillón, desde donde sigues el rastro de la luz, el caer de las hojas en diciembre. Sería todo oído y abriría de par en par las puertas y ventanas para renovar el aire mortecino que te envuelve. Te traería el musgo fresco de la niñez, el perfume y la tibieza de las sábanas al sol, el olor del mar, el aroma del obrador y el olor al ozono que vaticina la lluvia… Todo lo que fuera bálsamo para tu pulmón herido.

Hoy quisiera estar más cerca de ti. Templar tus pies fríos y tus manos. Acogerte con mi voz, sofocar en mi regazo tus temores, ahuyentar los fantasmas de tu insomnio, rodearte de caricias, abrir claros de esperanza en tan largo eclipse. 

Rosario P. Blanco

 

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ESPERABAN LA NAVIDAD

Claris, una niña de once años, de grandes ojos azules y preciosa melena rubia, y su hermano Martin, de ocho años, igual de lindo que ella, perdieron a sus padres en un accidente.
Dos semanas antes había sido el cumpleaños de la niña. La madre llevaba siempre puesto un colgante con un ángel, que a la niña le encantaba, y para su sorpresa, se lo dió de regalo.
Los dos niños fueron a vivir con sus abuelos y el tío Tomi a una aldea de montaña, que permanecía durante el invierno cubierta de nieve. Los abuelos, una familia acomodada, vivían en una casa espléndida y tenían fábrica de juguetes de madera. Cuando el abuelo se jubiló ésta pasó a manos de Tomi, pero la fábrica entró en crisis.
Al anochecer solían estar en la cocina, una estancia grande, la más calentita de toda la casa, gracias a la estufa de hierro negra de donde sacaban brasas para la mesa camilla. La abuela preparaba la cena en la antigua hornilla de carbón. Tras la cena organizaban las faenas del día siguiente. Desde que la venta de juguetes disminuyó, la abuela vendía castañas y tartas de frutas en un puesto del mercado. Al hacerse mayor le resultaba tan trabajoso que la niña aprendió y se hizo cargo del puesto.
Con el viejo carrito de cuando eran bebés, la niña y el hermano recogían frutos silvestres, buscaban leña y además transportaban los productos al mercado. Los vecinos de los demás puestos les echaban una mano.
Una tarde salieron los niños a por provisiones, cargaron mucho el carro y con la nieve éste resbaló; por querer sujetarlo, cayeron rodando por la ladera del monte. Por más que intentaban subir al camino, no lo conseguían. Se estaban quedando helados. Cuando habían perdido toda esperanza, la niña cogió el ángel con las dos manos y mirando al cielo pidió socorro a gritos.
Poco después oyeron un ruido y apareció un trineo tirado por dos perros blancos y un viejo leñador, que de inmediato sacó dos mantas y los envolvió. Cogió unos troncos y prendió fuego para que se calentaran, mientras él allanaba la subida al camino. Oyeron voces: era el tío Tomi y más vecinos que, alarmados por la tardanza, salieron a buscarlos.
Como ya había anochecido pidieron al leñador que fuera con ellos y los acompañó gustoso. Al llegar a casa, los abuelos gritaban de alegría y agradecieron al leñador, que dijo llamarse Jon, todo lo que había hecho.
Entraron en la cocina, que estaba ya con la mesa puesta y muy calentita. Tomaron una exquisita sopa, y las famosas croquetas de la abuela; de postre, una tarta de frutas del bosque.
Después de una agradable tertulia en la que Jon preguntaba y se interesaba por todo, le pidieron que se quedara con ellos y durmió allí esa noche, pero a la mañana siguiente tuvo que marcharse. Al despedirse les dijo que cuando tuvieran algún deseo sólo tenían que cerrar los ojos y pedirlo con mucha fe, asegurándoles que se cumpliría.
Tres días después vino un rico empresario a la aldea preguntando por la fábrica de juguetes de madera. Cuando la visitó quedó encantado e hizo un gran pedido, dando un generoso adelanto por los costes. Tuvieron que contratar más empleados y los niños no tuvieron que ir más al bosque. La economía mejoró.
Los amigos del mercado vinieron a visitarlos, cargados con dulces y adornos. El tío los llevó a coger moras silvestres, majoletas, nueces y almendras. Toni llevó un árbol y lo puso en la cocina. La casa se llenó de manjares. No podían creer el cambio que habían dado sus vidas: estaban llenos de felicidad.
La mañana de Navidad, al llegar a la cocina, no podían salir de su asombro, pues aunque el leñador les había dicho que podían pedir lo que desearan, ellos estaban tan contentos que no pidieron nada, solo dieron gracias por tanta dicha, pero debajo del árbol había regalos para todos.
Claris y su hermano, hicieron dos cometas blancas en las que Clarís dibujó dos ángeles y su hermano pintó corazones, pajaritos y muchas nubes. Debajo de cada una escribieron con grandes letras PAPÁ Y MAMÁ.
Salieron a correr con ellas, volaban cada vez más. Cansados se tumbaron sobre la nieve contemplando el cielo, las cometas seguían en alto. Las soltaron y ascendieron más y más, hasta perderlas de vista. Los abuelos y el tío, que los observaban, fueron hacia el lugar donde estaban ellos y quedaron fundidos en un abrazo. De pronto vieron el trineo de Papá Noel y Martín exclamó: «Mirad, se parece al leñador», y todos empezaron a aplaudir y cantar de alegría: ALELUYA

María Aránega Molina

 

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Navidades Confinadas

Calles que en un tiempo estaban atestadas, comercios luminosos, mercados repletos. Todo ha cambiado en poco tiempo. Provincias y pueblos “perimetrados”, vuelos suspendidos, vías férreas y puertos marítimos. Todo quedó entre paréntesis. Nuestras urbes derivaron en avenidas fantasmales, testigos de un periodo luctuoso y fúnebre.
Futbolistas, estrellas del cine o de la televisión, influencers, celebridades de cuestionable talento hicieron hueco en los medios, y dejaron que el protagonismo, por esta vez fuera de otros. Sanitarios, camioneros, humildes cajeras y dependientas, maestros, cuidadoras en residencias, reporteros, policías, voluntarios, científicos, padres, abuelos…, y un largo etc. Los medios de comunicación cedieron espacio a los competentes, a aquellos a los que antes había ninguneado, incluso arrebatado su autoridad, ganada a pulso, gracias a su entrega diaria y su vocación de servicio. Emisiones extraordinarias, reportajes, ruedas de prensa ensalzan ahora su trabajo.
Algunos dirigentes creyeron que estarían a salvo preservando del contagio sus autonomías, que el aire dentro de sus fronteras, o envuelto en determinado lazo o bandera, era más respirable por su pureza. El turismo y la globalización han saltado por los aires sus defensas.
Recordamos la última vez, libre por ciudades, libre por senderos, libre por autopistas, establecimientos. La última vez que festejamos algo; la última vez que paseamos por la playa, la última vez que vimos al amigo, la última vez que abrazamos al hijo, a la madre, al nieto…. Todo reviste ahora otra escala, pues así como la primera vez
deja tanta huella, también la última vez deja congelada la imagen del encuentro o anécdota.
Lejos quedan los planes navideños, las escapadas a segundas residencias, los encuentros familiares, las celebraciones, los cánticos alrededor de la mesa.
Lo que hemos ido posponiendo, las relaciones con hijos, pareja, nietos… familiares directos, el desorden de nuestra vida o el excesivo control, los asuntos pendientes y su runrún molesto, la falta de miras…, ya no son temas aplazables. Las llamadas desde los medios a permanecer en casa se amplifican. No podemos evadirnos. No podemos quedar, no podemos comprar, no podemos salir. En definitiva no podemos tapar la desazón. Y no solo pesa lo tuyo. También el futuro de otros. Un país con millones de pobres declarados y con miles de niños en riesgo, aún antes de la pandemia. Y ahora la miseria sobre miles de trabajadores, familias, empresas. Ya se respira un tiempo inclemente, un futuro de carencia
Afuera ya caen las primeras nevadas que anuncian el invierno. La naturaleza siempre está de cambio. Nosotros formamos parte de ella, y por fuerza tenemos que familiarizarnos con los nuevos tiempos. Pues hay mucho que cambiar, pero tendremos que hibernar para darnos cuenta. Hay mucha promesa de felicidad falsa depositada en lo externo. Tendremos que volver a mirar hacia dentro, caer en la cuenta de que muchas ilusiones no sirvieron. No nos hicieron más felices las compras, el consumo irrefrenable, las comidas tan copiosas, los excesos, la embriaguez pasajera, los viajes. No fuimos más personas atesorando regalos o comprando cariño. Esta humanidad tan extrovertida, devoradora de bienes, tiene que cambiar: especies en peligro, corales, coníferas… la
impureza del agua, la invasión de plásticos, la desertización del suelo… Los millones de refugiados, los conflictos e intereses partidistas…
Quizás esta crisis nos dé la oportunidad de un cambio de comportamiento: hábitos de consumo sostenibles, un ocio más razonable, redes sociales solidarias, más conciliación familiar, trabajo digno, y vivienda… Quizás este periodo de hibernación, en el que cada uno está en su madriguera, lo sea también de contrición y reflexión y que esta civilización al borde de la catástrofe pueda echar a tiempo el freno.
La vida continúa dentro de los hogares y esa vida no puede saltar por los aires. Hay que asearse, vestirse, cocinar, sacar el trabajo, llamar a amistades y familiares…, en definitiva menos preocuparse y más ocuparse. No queremos vernos arrastrando los pies por la casa con desgana, lanzando miradas resignadas a las casas de enfrente, contemplando maniatado e inactivo el panorama.
Nos gustan muchas cosas, nos gusta la Literatura, la Música, las Ciencias o la Historia. Nos gusta también la casa y los quehaceres domésticos. Un hogar nos acoge y podemos sentimos a gusto. Antes apenas sabías lo que guardabas en su interior y ahora repasas las estanterías y descubres libros que compraste y que no leíste, adornos y pequeños detalles desmayados en cualquier rinconera, secreter o mesilla. La mirada les da nuevo aliento de vida. Las cosas son más mansas y dóciles de puertas adentro. Porque hay un mundo particular, que uno se gana a pulso, que no se puede ensombrecer. Nos ceñimos a esa soledad, que puede ser creadora o estéril según nuestro deseo, voluntad o trayectoria personal. Y lo que está en penumbra podemos hacerlo luminoso. Quizás sea este el verdadero espíritu navideño.

Rosario P. Blanco

 

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EL HAY DEL ¡ AY !

            Cuando fue estrenado el Parque García Lorca parecía una tarta monumental de Cumpleaños adornada de velas con tantas farolas como lo más visible de su recinto. A medida que ha ido pasando el tiempo tal impresión fue desapareciendo afortunadamente, mejorando el parque al crecer de manera ostensible el arbolado y paliando con su frondosidad la presencia de las farolas. Por lo demás, tiene de todo para ser una gran parque: hay unas rosaledas preciosas; hay variedad de flores y plantas; hay fuentes y estanques, cuyo rumor del agua se mezcla con el más sosegado de un cercano riachuelo rocoso; hay un lago habitado por una comunidad de diferentes aves acuáticas; hay zonas de césped que relajan el pensamiento; hay columpios para la infancia con el sonido gratificante de sus gritos alegres. Hay casi de  todo como en el paraíso.

Juan Francisco Aceña Caballero

 

También están en primera línea

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            De todos es conocido la dedicación, incluso el sacrificio, del mundo sanitario ante la pandemia del Covid-19 y, aunque hayan sucedido algunas imprevistas situaciones con fatales consecuencias, se ha actuado por su parte con riesgo de su salud o de la vida, manteniéndose al pie del cañón sin suficientes municiones y sin el respaldo necesario para el cumplimiento de su deber, pero siempre en su faceta de buena gente. Sin embargo, las Fuerzas de Seguridad, como representantes de la ley, también actúan en primera línea corriendo los mismos riesgos, pero en su papel de protectores de unas normas que sólo buscan la prevención y, mediante ellas, la solución más rápida posible del problema. Son como los malos de la película, según algunos, y no creo que disfruten con ello. Todo lo contrario: Cumplen con su obligación profesional ante la ciudadanía, aunque como personas que son también tengan sentimientos. Tal actuación, necesaria para el bien común, es una sitaución que implica riesgos, malos modos por parte de ciertos irresponsables e incluso a veces, hasta insultos y agresiones.           

            Hacer cumplir la ley o las normas por parte de las Fuerzas de Seguridad es un trabajo que exige esfuerzo e incomodidades y que puede provocar stress o problemas psicológicos, influyendo negativamente en su vida personal o ambiente familiar. Es una misión de difícil cumplimiento pero que se hace a pesar de los posibles inconvenientes. Por supuesto que situaciones en las cuales se requiere la presencia de las Fuerzas de Seguridad, ante la irresponsabilidad o ilegalidad de sus protagonistas, las tienen que resolver para evitar males mayores con la incomprensión muchas veces de los culpables de las mismas quienes piensan que los representantes de la ley pudieran tener algún interés personal en aplicarla mediante las sanciones respectivas, lo cual evidentemente es absurdo y hasta ofensivo.

JUAN FRANCISCO ACEÑA CABALLERO

 

 

Museo de los horrores natural

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Aprovechando el tema de la limpieza urbana por parte del Ayuntamiento cuando se refleja en los medios informativos, las autoridades correspondientes suelen salir en las fotos en determinados lugares, previamente adecentados para poder hacerlas, pero sería conveniente que se la hicieran también con el fondo de vertederos, escombreras y montones de restos de plantaciones de marihuana poco antes de llegar al Fargue; unos, por detrás del cementerio del mismo barrio, precisamente al lado de un letrero que manifiesta: «Zona de reserva natural»; y otros, próximos a la subestación eléctrica. Algunos están metidos dentro de grandes bolsas de plástico y los demás se encuentran despanzurrados, repartiendo su olor y su abono por el entorno. Se trata de una situación o ‘enfermedad crónica? y severa que, al parecer, no se le quiere dar solución o, por lo menos, no se nota interés por encontrarla. Se está demostrando con ello una evidente falta de vigilancia para evitarlo e, igualmente, una absoluta negligencia para limpiarlo. Ante tal penosa situación haría falta que el antiguo puesto de la Guardia Civil, abandonado desde hace tiempo y que se encuentra por las inmediaciones, recuperara su pasada misión, con lo que entonces no habría ningún problema. Mientras tanto, el barrio más tranquilo y el más bello de Granada es también el peor tratado. Tanto como si no existiera. La zona referida va camino de convertirse en el museo de los horrores en el cual sólo faltarían los dinosaurios de la edad de piedra; de momento, tenemos por allí a los salvajes trogloditas de la actualidad que dejan sus basuras y desperdicios con total desvergüenza e impunidad, ante la pasividad de quienes lo consienten por omisión de sus obligaciones. No obstante, existe una posible manera de aliviar en algo parte del desastre y, es que, según se dice, los restos de plantaciones de marihuana son buenos como abono para las plantas; así que se recomienda a los granadinos que vayan por los citados lugares con sus coches y recojan lo que puedan para sus macetas y sus chalets, de esta forma realizan una labor cívica de utilidad y, al mismo tiempo, dan una lección de comportamieno ejemplar, a quienes necesitan aprenderla y aplicarla.

JUAN FRANCISCO ACEÑA CABALLERO

(Artículo aparecido en el periódico IDEAL el 4 de octubre de 2020)

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La Alhambra que nos mira

Sr. Director: La Alhambra, a pesar de los siglos, de los terremotos y de las inclemencias del tiempo o, a veces, de los seres humanos, no se resquebraja, ni se derrumba; quizás tal milagro secular se produzca porque se sostiene ante la contemplación de la belleza de su entorno, que no quiere dejar de disfrutarlo, como si se tratara de una reina en su trono, rodeada de una naturaleza sorprendente y que hace de marco dorado acorde con el tesoro protegido. Ella nos mira y espera de los granadinos un comportamiento similar hacia su figura que no desentone con la naturaleza y con la riqueza que produce a través del turismo; riqueza que no debe salir de Granada, perdiéndose en otros lugares o en otros menesteres, como a veces ha sucedido en el pasado, a no ser para su conservación y mantenimiento, así como para atender a los intereses de la ciudad.

Por eso es sorprendente también la indiferencia de algunso granadinos, por lo menos aparentemente, quienes, acostumbrados a tener la Alhambra en Granada, algo así como en su casa y al alcance de la mano, no le dan la importancia que los visitantes manifiestan, incluso es posible qeu pasen su vida en la ciudad de la Alhambra en donde han nacido y fallezcan sin conocerla, a pesar de las facilidades para hacerlo y de su cercana vecindad o, precisamente, por tales motivos.

Es evidente, por lo tanto, que todo es poco para cuidar tal monumento, así como el Generalife y los demás que constituyen el patrimonio histórico y artístico de la ciudad, incluyendo su entorno natural o urbano. Su conjunto es nuestra mejor industria, pues sin él y sin su paisaje Granada no sería Granada. La Alhambra es como la conciencia del granadisnismo que frecuentemente se olvida de su pasado nazarí o no le da la importancia debida. Por eso nos mira para recordarlo.

JUAN FRANCISCO ACEÑA CABALLERO

*Artículo publicado en el periódico IDEAL, el lunes 14-09-20 en la sección de Cartas al Director. Pueden descargar el archivo en PDF aquí.

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